Isla de Madeira Portugal

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Isla de Madeira Portugal2018-04-01T17:21:15+00:00

La Isla de Madeira

Isla de Madeira PortugalFunchal, capital de la Isla de Madeira, es una ciudad encantadora, pensada para mirarla, escucharla y olerla. Para sentirla con la cálida luz que engalana sus amaneceres y sus ocasos, con el sonido del agua que se agita en la costa y cascabelea en el monte y con el aroma dulzón de las flores que invaden sus parques, sus plazas, sus avenidas y sus callejuelas. Para conocerla, hay que caminar por la Isla de Madeira. Hay que curiosear por el mercado de los Labradores; visitar los antiguas bodegas de la familia Blandy, donde envejece el célebre vino de Madeira; recorrer el bucólico jardín botánico, donde se condensa la flora de buena parte del planeta, o pasear por el jardín tropical Monte Palace, el capricho de un millonario de espíritu hedonista.

La isla de Madeira atesora horizontes impactantes, lo mismo junto al mar que tierra adentro; quizás por ello, el tránsito infernal por sus carreteras retorcidas se hace soportable y, a veces, hasta placentero.

Partiendo de Funchal y siguiendo la línea de la costa sur hacia el oeste, por acantilados abruptos y plantaciones de plátanos, se llega a la Câmara de Lobos. Junto a la calzada de acceso al pueblo, en un balconcito umbrío, un anciano Winston Churchill, ya alejado de la vida pública y entregado al descanso, sacaba cada mañana el lienzo y los pinceles para recrear lo que desde alli veía: pequeñas casas anárquicamente levantadas sobre una peña golpeada por las olas.

Todavia hacia poniente, la ruta marca Cabo Girao y subraya que, con sus 580 metros, es el balcón sobre el mar más alto de Europa. Desde el cabo, coronado por un pino solitario, el perfil de buena parte de la isla rompe la lisura del agua y deja al descubierto la exuberancia vegetal de su vertiente meridional y la amabilidad de un clima que apenas varía su temperatura a lo largo del año (entre 19 y 23 grados centígrados). Hasta Calheta, el  sol y una brisa tierna acompañan el paso por tierras acompañan el paso por tierras verdes y fértiles que se ahogan en el océano.

Isla de Madeira Portugal

El extremo occidental de la Isla de Madeira, entre Ponta do Pargo y Santa, marca la frontera invisible del sur apacible con el norte salvaje. Desde Puerto Moniz, pequeña villa marinera cuyas piscinas naturales se han convertido en atracción turística, hasta Santana, población en la que aún sobreviven unas casitas campesinas con los techos de paja, la costa se quiebra con violencia bajo un cielo que, en los meses más fríos, permanece encapotado y amenazador. La decena de pueblos que salpican esta vertiente terriblemente ventosa ocupan un espacio mínimo y claustrofóbico: sobreviven atrapados entre un mar embravecido y unas paredes de roca negra taladradas por cascadas que desaguan los montes del interior.

Hoteles MadeiraEstos montes son uno de los mayores reclamos de la Isla de Madeira Portugal. Con la intención de conocerlos, a esta isla de 390 km2 llegan miles de visitantes de toda Europa, armados con mapas en los que  se trazan los 3.000 kilómetros de senderos que transitan por valles y cumbres, que hay que recorrer bien equipados, con víveres, ropa y calzado adecuados. En ellos, hay dos picos, el Ruivo (1862 m) y das Torres (1851 m), marcan el techo de Madeira. A ambos lados del macizo que los integra, los escenarios que modeló la naturaleza son tan distintos como espectaculares. Al oeste, la meseta de Paúl da Serra, a 1.000 metros sobre el nivel del mar, un páramo arrasado por un viento inmisericorde. Al este, la carretera que une Santana con Funchal para por pinares sobrecogedores y bosques húmedos y tupidos como selvas, donde crece la laurisilva, una especie botánica milenaria, actualmente protegida y que ha resistido todo tipo de cataclismos. Y aún más al oriente, la orografía se complica con miles de escaleras de verdes peldaños, que suben desde la costa hasta las cumbres. Son obra del hombre, en su afán de arrancar a la montaña terrenos diminutos para cultivar el plátano, la papaya y el mango.

La Isla de Madeira en Portugal es un pequeño y aislado pedazo de tierra en pleno Atlántico, (pues tan sólo le acompaña, a 75 km de distancia la isla de Porto Santo), que aglutina climas y paisajes dispares, bullicio turístico y grandes soledades, sol y lluvia, mar y monte, guarda un último tesoro, tal vez el más apreciado: la pureza de su aire. Dicen que tiene propiedades terapéuticas. Dicen, incluso, que podría respirar un muerto.

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